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miércoles, 17 de mayo de 2017

Una charla entre Bill y Ted.

Portada del libro de Lee.
En su maravilloso libro Have Glove, Will Travel: Advetures of a Baseball Vagabond Bill Lee cuenta como tuvo un encuentro fortuito con Ted Williams durante el Spring Training de 1986. Fue el principio de una amistad entre dos personajes antagónicos pero vitales en la historia de los Red Sox y a los que unía un amor sincero e incondicional por el béisbol.

Williams siempre fue un hombre conservador. Partidario de las intervenciones militares de los Estados Unidos en las que llegó a participar. Recordemos que estuvo en la II Guerra Mundial y en Corea.

Por contra Lee siempre fue un verso libre. Un tipo que reconoció consumir marihuana y otras muchas sustancias y al que sus fans obsequiaban con botellas de tequila. Seguidor de Abbie Hoffman, Fidel Castro y el budismo.

Ya que el libro está descatalogado me ha parecido interesante acercar el encuentro a la Red Sox Nation castellano parlante y al aficionado a la pelota en general. Es un pequeño pasaje pero que dice mucho de dos tíos especiales. Espero que lo disfruten compañeros.



Una tarde que (Ted Williams) estaba deambulando por el campo de prácticas horas antes de que llegara ninguno de sus alumnos me encontró sentado en nuestro dugout. Ted no solía hablar mucho con los pitchers, aún nos consideraba sus enemigos. Sin embargo se sentó a mi lado y colocó su pesado brazo sobre mis hombros en tono amistoso.


Williams como manager de los Senators en 1969.
"Dios," gruñó mirando al campo vacío, "me dejan aquí abandonado con un jodido pitcher. ¡Y encima también es un maldito comunista!" Me miró con una sonrisa que decía y eso qué mierdas importa y soltó, "Eres un chico de California, como yo, debes ser buen tío. Para ser un pitcher, claro. Pero eres bobo. Todos los pitcher sois bobos. Solo hay una cosa más tonta que un pitcher, los bateadores a los que elimináis."

"Vamos, realmente no crees que todos los pitchers seamos idiotas..."

"¿Ah, no? ¡Mírate! Lanzas bolas curvas, ¿no? Pero apuesto qué no sabes lo que hace que sean curvas."

"Seguro que si. La misma cosa que elevaba esos aviones de combate que solías pilotar cuando estabas en la reserva. El principio de Bernoulli."

Abrió sus ojos con asombro fingido. "¿Pero tú sabes de esas cosas?" exclamó.

"Es física básica. En una curva la rotación de las costuras de la bola crea una zona de alta presión sobre la pelota y otra de baja presión bajo ella. La alta presión la empuja hacia abajo y la bola cae cuando cruza el plate porque la baja presión que se genera bajo ella no aguanta el empuje."

La explicación impresionó a Ted. Le gustaba poner a la gente a prueba con sus mierdas. Era su manera de incordiar al personal y hacerlo pensar. Se plantaba delante tuyo con esos aires de instructor de los Marines que sabe que o las cosas son como él dice o no son y te desafiaba. Pero le encantaba encontrarse con gente que le llevara la contraria y le replicara. Así que le dije, " Ahora es mi turno. Apuesto a qué puedo decirte algo que no sabes sobre porque fuiste tan buen bateador."

Podría decir que simplemente se rió, pero fue mucho más. Una sonora carcajada agitó todo su cuerpo y hasta el banco en el que estábamos sentados se movió. Un jardinero pasó junto a nosotros camino del diamante. "Mira," exclamó una vez se alejó, "ahí va quien me va a decir algo sobre como batear." Entonces se puso serio. Ted nunca se tomó el tema de batear a coña. "A ver, tío listo. Dime. ¿Por qué bateaba tan bien?"

Señale su ojo derecho y dije, "Aunque seas zurdo este es tu ojo dominante. Para la mayoría de los zurdos es al revés, el ojo izquierdo domina. Cuando estás en el cajón esperando el lanzamiento del picher lo ves todo con tu ojo dominante. Eso te da una visión perfecta de cada pitch."

"¿Y a dónde quieres llegar  exactamente con toda esa porquería?" Su voz fingía ser hosca y cínica, pero tras ella se escondía una curiosidad inocente. Estaba realmente interesado. Quería escuchar más. Ted nunca fue una persona muy curiosa por nada. Nunca le oí hablar de libros, obras de teatro o arte. Su gusto cinematográfico se limitaba a la películas de vaqueros, y prefería las malas a las clásicas. En política era lo que podríamos llamar un hard-hat consevative (podríamos traducirlo como  un currito de derechas) y nunca demostró ser una persona muy reflexiva. Sin embargo, cuando le hablabas sobre batear se convertía en un auténtico filosofo. Las décadas de estudio y obsesión con el bateo habían hecho que su mente fuera como la de Einstein: curiosa e inquieta. Estaba entusiasmado ante la posibilidad de aprender algo nuevo sobre un "arte" que entendió mejor que nadie. 

Era una mañana limpia. En el cielo de Florida no había ni una nube y podíamos ver una torre de agua que había a media milla de distancia. Le dije a Ted que la mirara fijamente durante unos segundos. 


Lee haciendo el "indio" en el clubhouse.
"Ahora tápate el ojo derecho para que puedas verla solo con el izquierdo."

"¡La muy puñetera se ha movido!," exclamó. "Se ha movido unas tres pulgadas."

"Hazlo otra vez. Pero ahora tápate el ojo izquierdo."

"Hija de puta. Esta vez no se ha movido."

"Eso es lo que significa que tu ojo derecho sea el dominante," maticé. "Tu ojo derecho te da una perspectiva verdadera y lisa de un objeto. Si tu dominancia estuviera en el ojo izquierdo al mirar al pitcher con tu ojo derecho (el que ve mejor el montículo cuando bateas como un zurdo) hubieras visto un ligero y extraño movimiento en el recorrido de la bola. La mayoría de la gente necesita un instante para ajustarse a ese movimiento. Tú no perdías tiempo en eso, así que podías identificar el tipo de lanzamiento y su localización más rápido que otros bateadores."

"Tiene sentido."

Algunos de los discípulos de Williams empezaron a llegar al campo. Pasaron corriendo junto a nosotros en dirección a los jardines. Un empleado se acercaba a nosotros en un carrito de golf para llevar a Ted junto a las jóvenes promesas. Mientras esperábamos vi como Ted se tapaba primero un ojo y luego otro mientras miraba distintos puntos del campo. "¿Lo puedes creer?" masculló entre risas. "Ha tenido que ser un puñetero pitcher chiflado el que te diga esto. Hijo de puta."

Fuimos amigos desde aquel día. Cada vez que me veía se tapaba el ojo izquierdo a modo de saludo. En cuanto tenía un momento libre me buscaba en los vestuarios para hablar de pesca. Muchos pescadores profesionales hablaban de Ted con un experto en la pesca con mosca y a él le gustaba reírse de mi por utilizar cebo. "No tiene ningún mérito pescar con cebo." Aún puede oírle con esa cantinela, "Es como hacer trampas. Hasta una vieja podría hacerlo". Era su manera de demostrar cariño. 





viernes, 20 de enero de 2017

Un recuerdo para Nomah.


David Ortiz ha sido catártico para los Red Sox. Su llegada en 2003 cambio el rumbo de una franquicia maldita y cuando apenas pasan unos meses de su retirada podemos decir que es el jugador más importante en la historia de los Red Sox. Se podría decir incluso, que uno de los más importantes de las Mayores. Y no por sus números, sino por ser quien es. Por ser Big Papi.

Su sonrisa, su buen rollo, sus home runs, sus tres World Series y su discurso tras los atentados de la Marathon de Boston han inundado la idiosincrasia de Fenway Park sacando cualquier recuerdo anterior a su llegada. Ortiz es los Red Sox y los Red Sox son Ortiz.

Pero hubo un tiempo, no hace tanto, en que los héroes de Fenway eran tipos bien distintos. Secos. Callados. Trágicos. Hombres que luchaban contra los Yankees y el fantasma del Bambino en una guerra desigual que siempre terminaba igual. En derrota. Aún sabiendo esto asumían su destino y lo enfrentaban estoicos.

Hablo por supuesto de Ted Williams y Carl Yastrzemski. De Johnny Pesky, Carlton Fisk o Dom "El Otro" DiMaggio. Y de Nomar Garciaparra, quizás el último de esa larga lista de héroes trágicos que aguantó sobre sus hombros todo el pesimismo de la Red Sox Nation.

La historia de amor entre Nomar y los Red Sox empieza en 1994, cuando la franquicia de Nueva Inglaterra utilizó su primera elección del Draft para seleccionar a un shortstop procedente de Georgia Tech. El nivel de Garciaparra ya había quedado patente en el béisbol universitario. Él y otro Red Sox ilustre, Jason Varitek, habían guiado a los Yellow Jackets hasta la final de la NCAA, donde fueron derrotados por Oklahoma. Pese a no hacerse con la victoria Nomar fue incluido en el All-Tournament Team.

En 1996, después de dos años en las menores, hizo su debut en el Gran Show. No tenía las cosas fáciles. Por aquel entonces John Valentin estaba más que asentado en el campo corto y venía de completar su mejor temporada como profesional. Un año bastó para demostrar su valía. En el '97 ya empezó como titular indiscutible y Valentin fue reubicado en la segunda base primero y en la tercera después.

Su impacto fue inmediato. En su primera campaña en las Mayores fue al All-Star y ganó el galardón de Novato del Año. Era una auténtica máquina de sacar hits y con bastante más poder de lo que su físico podría indicar. En 1999 y 2000 ganó el título de bateo de forma consecutiva, algo que no conseguía nadie desde (agárrense los machos) que Joe DiMaggio lo lograra en un béisbol en blanco y negro. En esas dos campañas promedio .357 y .372 con 27 y 21 home runs respectivamente. Tan temido llegó a ser en el cajón que en el 2000 recibió  20 bases por bolas intencionadas.

Entre su debut en 1997 y su último año completo en Boston, 2003, apareció hasta en cinco ocasiones en el Top 10 de las votaciones para el MVP y acumuló otras tantas apariciones en el Juego de las Estrellas. Esto tiene especial mérito si tenemos en cuenta que aquellos años la posición de shortstop gozaba de una excelente salud: Ripken Jr. agotaba su carrera con los Orioles, Jeter se estaba estableciendo como el jugador franquicia de los Yankees y A-Rod se convertía en el pelotero mejor pagado de la historia.

Nueva Inglaterra se enamoró de él. Dejó de ser Nomar y se le rebautizó como Nomah, haciendo un pequeño chiste con el acento de Boston. Jimmy Fallon, por aquella época en Saturday Night Life, aparecía con su camiseta en algunos sketches y protagonizó una de las portadas más "alucinantes" de Sports Ilustrated.


Por no hablar del emotivo saludo entre él y Ted Williams en el All-Star celebrado en Fenway. Fue como un traspaso de poderes. Parecía que tras esa sacudida de manos Garciaparra iba a poder completar una temporada con un promedio de bateo superior al .400, algo que solo Williams ha conseguido en los últimos ochenta años. Pero toda historia de amor tiene su final.

En julio de 2004 Theo Epstein decidió traspasar a Nomar. Epstein llevaba un año escaso como General Manager de los Red Sox y tomó una decisión arriesgada. Una que podría haber hundido su carrera. Realizó un trade a cuatro bandas que acabó con Garciaparra en Wrigley Field y Orlando Cabrera en Boston. La cosa salió bien para Boston y a Theo. Todos conocemos esa historia. Para Nomar todo fue bien distinto. Para él empezó una peregrinación por varios equipos en los que no volvió a rendir al nivel esperado y con las lesiones como compañeras de viajes.

Después de un año y medio gris en Chicago firmó por los Dodgers. Fue en la ciudad de su infancia donde recuperó algunas buenas sensaciones. En 2006, cuando las lesiones respetaron algo un cuerpo que había demostrado mucha fragilidad, logró participar en el sexto All-Star de su carrera y llevarse un premio que habla mucho de su pobre rendimiento en las temporadas anteriores: Comeback Player of the Year.

En 2008 terminó la relación de Nomar con los Dodgers y todo apuntaba que había sido su última temporada en las Mayores. Pero el destino quiso que los A's le ofrecieran un contrato de un año que le permitió volver a jugar en Fenway por primera vez desde 2004. Los Red Sox eran un equipo completamente distinto al que él había conocido. Eran un equipo ganador que después de 86 años de desdichas había ganado las Series Mundiales en 2004 y 2007. A pesar de los triunfos los aficionados no le habían olvidado y cuando salió a batear le recibieron con una emotiva ovación.

Aún con los problemas físicos de los últimos años los números de Nomar son superiores a los de otros shortstops con más nombres que él. Su OPS y wRC+ son mucho mejores que los de Ripken Jr. o Jeter. Incluso en defensa, donde no destacaba especialmente, era mejor que el 2 de los Yankees. Es una pena que una carrera que en 2003 estaba irremediablemente destinada a acabar en el Hall of Fame se viera truncada por las lesiones.